Miriam Alejandra Bianchi, Gilda, soñaba con cantar. Pero su vida de madre y esposa y su trabajo como maestra jardinera se interponían con ese deseo. Finalmente, arriesgó todo y se jugó por su pasión. Su trágica muerte y algunos condimentos de su historia la convirtieron en santa.

A 25 años de su trágica muerte, la revista Caras y Caretas la homenajea en su número de septiembre, que estará este sábado en los kioscos, opcional con Página/12.

Se transmitirá desde las 19 hs de este martes 21 a través de la web del diario.

En su columna, María Seoane escribe sobre la eternidad de los ídolos populares: “Ante el Dios oficial, duro, irascible, de católicos, musulmanes, judíos o protestantes, tan lejano para dar una mano concreta para paliar la angustia de la soledad, la pobreza, la muerte como destino cierto, la fidelidad a san Cayetano, al Gauchito Gil y hasta a los cantantes populares Gilda y Rodrigo –ambos muertos en trágicos accidentes– funcionaron como símbolos tranquilizadores para los sectores populares”.

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Felipe Pigna, desde su editorial, recuerda: “Con su impronta única y carisma arrollador, disruptivo en un mundo de hombres y mujeres voluptuosas, Gilda se mantendría fiel a su estilo único y distinto, grabaría La únicaPasito a pasito con… Gilda y su disco más exitoso, Corazón valiente, que se convertiría en disco de oro y doble platino. La foto de portada del álbum, tomada por Silvio Fabrykant, en la que se ve a una Gilda luminosa con una corona de flores, se volverá icónica”.

Desde la nota de tapa, Alejandro Margulis, biógrafo de la artista, plantea y se pregunta: “En estos días, el 7 de septiembre, nuestra santa profana Gilda cumple años después de muerta, exactamente 25, un cuarto de siglo. Y sigue tan viva como cuando vivió. El mes próximo, el 11 de octubre, cumplirá años otra vez, exactamente 60, pero desde que nació. Contra todos los pronósticos, el hecho de haber muerto le otorgó una vida más duradera que si hubiera estado viva. Se sabe: son pocos los ídolos musicales que siguen causando sensación cuando llegan a la sesentena. La muerte temprana –aunque Gilda ya llevaba un lustro por encima de los 30 cuando falleció– favorece la memoria o la recordación. Desde otro punto de vista, podríamos pensar también que, de haber llegado a los 60, ser tan recordada por un puñado de canciones que le dieron fama sería un martirio. La historia del arte aconseja el olvido de lo creado para poder seguir creando. ¿Habría seguido creando temas inolvidables Gilda de haber continuado viva?”.

María Rosa Lojo escribe sobre las características de Gilda que la convirtieron en santa popular. Y Marisa Avigliano explica el fenómeno de resignificación del personaje en clave feminista en el contexto de la marea verde: “‘Yo soy Gilda’, dice la cantante, y lo repiten las voces ardientes antes de poetizar algunas de sus canciones componiendo una sinfonía de diversidad corporal. Nunca ese yo fue tan numeroso. ‘Yo soy Gilda.’ Esa transformación, esa marea, nació en la transformación que Gilda hizo con ella misma antes de que le cambiaran el nombre”.

En tanto, Mariano del Águila da cuenta de la discografía de Gilda y de la incidencia de su obra en el mundo de la cumbia de su momento y de la actualidad. Mientras que Gabriel Plaza se ocupa de su entrada al mundo del rock, gracias al cover de su famoso tema “No me arrepiento de este amor”, grabado en 1998 por Attaque77, y recopila testimonios del mundo de la música sobre el legado de la artista.

Oscar Muñoz entrevistó a Lorena Muñoz, directora de Gilda, no me arrepiento de este amor, la película. Y Guillermo Courau escribe sobre otras producciones, en diferentes formatos, realizadas en torno de la figura de Gilda.

Ricardo Ragendorfer ofrece una espectacular crónica negra, que tiene como telón de fondo la devoción por santa Gilda, y Ana Jusid dedica su columna a distintos artistas populares cuyas vidas se vieron truncadas trágicamente.

El número se completa con entrevistas con Natalia Oreiro (por Adrián Melo), Pablo Alabarces (por María Zacco), Toti Giménez (por Franco Spinetta) y Marcelo Inamorato (por Juan Funes).

Un número imprescindible, con las ilustraciones y los diseños artesanales que caracterizan a Caras y Caretas desde su fundación a fines del siglo XIX hasta la modernidad del siglo XXI.